Aprendizajes en mis 36

Siguiendo una tradición sobre meditar en lo que ha sido el año que dejo y le doy la bienvenida al año que viene, escribo hoy sobre mis aprendizajes durante los 36.

La vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes, esta frase de John Lennon es espectacular porque resume un aprendizaje fundamental de mis treinta y seis, a estar en el aquí y en el ahora.

La filosofía es el arte del bueno morir o el buen vivir, ambos se consideran como un mismo camino. Es en este aspecto que nace la meditación de un memento mori recordándonos que este no es nuestro lugar para la eternidad sino que hemos recibido la grande bendición de vivir un tiempo en este planeta sin realmente saber cuanto tiempo estaremos aquí.

Como conllevaría la conclusión de Oscar Wilde en Dorian Gray, sólo se puede vivir una vida eterna si actúas de manera correcta y puedes vivir con tus retos internos. Y esto aprendí durante los treinta y seis, a buscar vivir mejor, a conservar la felicidad que está dentro de mí, a vivir cada día como si fuera el último porque estadísticamente lo puede ser.

Aprendí que no estoy aquí para servirme sino para servir. La vida se va muy rápido en las emociones unilaterales como es el odio, el egoísmo y el enojo, que son aquel veneno que nos tomamos para ver si acaso le afecta al otro. Entre las discusiones cercanas, me he logrado separar cada vez más de mi ego sabiendo que yo soy importante por mi propia existencia y así poder servir de mejor manera en mis diferentes roles como lo es ser hijo, padre, amigo, colaborador, emprendedor y tanta otra cosa que me entusiasma en esta vida.

Aprendí a leer más de lo que ya leía. A escoger mejor los libros. Aprendí que sí existen libros que no son para mí y que no debo de terminarlos. A apartar mi ego de un libro no terminado utilizando la simple frase de <<si vale la pena dedicarle tiempo o no>>. Aprendí a saber que la mejor manera de entender un libro es discutiéndolo, compartiéndolo y teniendo diferentes visiones sobre las mismas palabras. Esto no sólo me enseña sobre mí sino también sobre como otros ven los libros.

Aprendí a escribir más, a utilizar mi don de la escritura para reparar, construir, inspirar o guiar. Antes escribía para darme a conocer, ahora escribo para que mis palabras puedan ayudar/inspirar/guiar/contar a alguien.

Aprendí del poder del Uno. El poder de ayudar a una persona es suficiente, porque cada uno de nosotros no es sólo importante, sino esencial para esta bella existencia. Que tenemos un impacto profundo en la vida de quienes nos rodean y que podemos olvidarlo buscando la fama, la gloria y tantas otras tentaciones, mientras al lado nuestro está la respuesta . Ayuda a quien necesita ser ayudado.

Aprendí a hablar con total honestidad, a pesar de lo irónico que podría ser esta palabra porque la honestidad es completa. Me ha sido difícil pero he encontrado que ayuda mucho más a la otra persona si sabe donde te encuentras en la discusión. Esto hace muchísimo más sencillo el poder ayudar.

Aprendí a dar gracias todos los días por lo que tengo. Que nada es permanente, por lo tanto puedo valorarlo. Como aquella lección budista, el jarrón está quebrado, esto nos invita a valorar el jarrón mientras aún no se quiebra.

Aprendí a diferenciar que está en mi control y que no. Esta pandemia me enseñó que la mayoría de lo que se encuentra alrededor mío no está en mi control más que mi reacción. Por ello siempre utilizo una pregunta, ¿Cómo quieres reaccionar, si acaso quieres reaccionar? Y allí radica una respuesta, muchas veces me he encontrado sin necesidad de reaccionar.

Aprendí a quedarme quieto. A como diría un maestro, no ser un prusiano y parar. Que la vida es de costos de oportunidad, de trade-offs y que no puedo hacer todo. Entonces, quiero escoger cada día de mejor manera.

Aprendí a cuidar a los que están alrededor mío. Me di cuenta que durante parte de mi vida estaba más cercano a las redes sociales, a otros que no conocía mientras los que estaban a mi lado se descuidaban. Hoy estoy enfocado en los que están cerca de mí, cuidándolos, valorándolos y brindándoles lo mejor de mi persona.

Aprendí a dejarme cuidar por los que están alrededor mío. Aprendí que este juego de la vida es un juego colaborativo, es un juego de vos y los otros, de ayudarnos. Por eso es que el ego no sirve, porque al final te da esa soledad de la que todos temen, esa soledad que no es igual a la bella soledad donde te encuentras sólo con tus pensamientos de bienestar sino que te encuentras solo cuando necesitas ayuda. Esta soledad es la que no deseamos.

Finalmente, aprendí a acercarme a Dios. Aprendí que Su palabra sí da aliento, sí da fuerza, sí da guía.

Gracias a todos los que me han acompañado. Gracias a todos por los que me han soportado. Gracias a todos por acompañarme 365 días más.

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