La otra cara del miedo*

*(mientras se edita contendrá errores, pero estas columnas sólo pueden escribirse así)

Recientemente he estado siguiendo la nueva temporada del programa Ted Lasso, un programa que se basa en la discusión de la superación de los obstáculos. Sin embargo, en un episodio citan a Rainer Maria Rilke, para mí un maravilloso escritor y poeta. Esto me llevó a diferentes frases de él, en las cuales les comparto la siguiente:

¿Cómo podemos olvidar esos mitos ancestrales que están al comienzo de todos los pueblos, los mitos sobre los dragones que en el último momento se convierten en princesas? quizás todos los dragones de nuestras vidas son princesas que solo esperan vernos una vez hermosas y valientes. Quizás todo lo terrible sea en su más profundo ser algo indefenso que quiere nuestra ayuda. De modo que no debes asustarte si surge ante ti una tristeza más grande que cualquier otra que hayas visto; si una inquietud, como la luz y las sombras de las nubes, pasa sobre tus manos y sobre todo lo que haces. Debes pensar que algo te pasa, que la vida no te ha olvidado, que te tiene en la mano; no te dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida cualquier malestar, miserias o depresiones? Porque, después de todo, no sabes qué trabajo están haciendo estas condiciones dentro de ti. –

Reiner Maria Rilke

El miedo, esta emoción que hemos tratado de evadir como la plaga. Unida también a la depresión y las emociones que catalogamos como negativas. Para mí lo era así, mi propósito era evitar estas emociones sin importar los costos. La forma más fácil de evadir estas emociones es la de lanzarte a tu trabajo al 100%, o la de utilizar tu celular con muchísima frecuencia porque sabes que en el momento en que se cierra la pantalla comienzas a sentir.

Sin embargo, una recomendación budista es que a los sentimientos se les debe ir de frente y no alejarse de ellos. Que en ellos se esconden tesoros, que al final también realizan cambio dentro de nosotros. Y es así como comencé a intimar con el miedo. El proceso fue como intimar con un enemigo, que no quieres que sepa nada de tu vida porque crees que de eso se alimenta. El miedo que ahí había estado al momento de escribir, el miedo que estaba al momento de hablar lo que estaba en mi mente y otros miedos que aparecían como las cabezas de una medusa. Estas cabezas como las cabezas de Hidra parecían inmortales, lo que sucede es que eran inmortales por la manera en que las estaba enfrentando.

El miedo es una emoción que nos permite saber dónde existe y no existe peligro. Lo que sucede es que la visión de peligro es distinta entre mi persona y los demás. Es ahí donde el miedo para algunos es irracional o incomprensible al momento que la otra persona lo comparte. Así que, la primera regla que me enseñó el miedo es que este, es personal. Compartirlo requiere que la otra persona tenga empatía para acompañar pero me recordó a no buscar que los otros lo entendieran sino que acompañaran. Por supuesto que alguien que está felizmente casado no entenderá el miedo de una persona soltera, o una persona que tiene miedo a ser papá será entendido por alguien que no quiere tener hijos.

Las emociones son personales y las circunstancias también. Es allí donde el miedo me enseño que esto del miedo colectivo es una falacia. Hemos aprendido a través de episodios recientes que cada uno tiene su miedo, de alguna manera justificado, aunque nos parezca ilógico a nosotros. Por ello, el sentimiento puede ser común pero la causa no. Esto me enseñó a saber que mis sentimientos son míos y que también otros, en circunstancias similares lo siente, sin embargo no tiene que ser colectivo.

Es así como el miedo comenzó a ser mi maestro en lugar de mi enemigo. Me enseñó a entender a los demás. Me enseñó a entender a la persona que por su ego tiene miedo que un subalterno le pueda quitar el puesto. Me enseñó en que este caso el miedo es por la falta de fe en si mismo, por la falta de amor a su propio arte y por una visión de escasez.

Me enseñó que quien tiene miedo a no casarse, adentro tiene mucho amor que dar y está buscando a la persona idónea para dárselo. Que sueña con familia, con hijos, con una casa y otros millones de sueños. Al final dentro de su corazón hay amor y quiere entregarlo.

Me enseñó que cuando alguien tiene miedo a enfermarse es porque quiere vivir. Porque dentro de ello, no quiere morir y quiere seguir en esta vida. Me enseñó que las personas con miedo en la enfermedad aman donde están y aprecian la circunstancia, por más desagradable que sea, porque les gusta su vida.

Me enseñó que los que tienen miedo al fracaso es porque dentro de ellos tienen también miedo al éxito. Miedo a ser criticados significa que existen opiniones a mi alrededor que me importan. Me enseñó que todo miedo tiene dos caras, una que es la que usualmente exploramos y la otra que es la que deberíamos explorar.

Si yo tengo miedo al fracaso, significa que a su manera me da miedo el éxito. Una moneda dos caras. Entonces cambiar la pregunta sirve, ¿por qué me da miedo el éxito? y así es como el miedo se convirtió en mi maestro.

Miedo: ¿Tienes miedo al éxito?

Yo: Sí

Miedo: ¿Por qué?

Yo: Porque no se que pasaría si tengo éxito

Miedo: ¿Y qué pasaría?

Yo: Me expondría. Habría gente que me criticaría. No me gusta estar expuesto.

Miedo: ¿Qué gente me criticaría?

Yo: Todos. Todos los que miren mi éxito.

Miedo: ¿Realmente serían todos?

Yo: No, la verdad que solo serían un número de personas.

Miedo: ¿Por qué te interesan esas personas?

Yo: Porque las quiero, porque me importa su opción.

Miedo: ¿Y no crees que una persona que te quiere porqué te criticaría si no es para crecer?

Yo: Sí tienes razón.

Miedo: ¿Entonces realmente a que se debe esto?

Yo: Probablemente porque no es miedo, sino emoción de tener la capacidad de lo que puedo hacer.

Son estos los diálogos que debemos de tener con el miedo. El miedo se disfraza muchas veces de emoción, de felicidad, de alejarnos de nuestra zona de confort. Sólo pensemos cuánto cambia el mundo por aquellos que utilizan el miedo para ser mejores. Aquellos que se quedan con el miedo y hablan con él. Aquellos que tratan como amigos e intiman en el miedo.

Es por esto que escribo esta carta. Porque normalmente una de las caras del miedo al ser mal utilizada arroja lo peor de nosotros. El que tiene miedo a perder su dinero, se vuelve avaro. El que tiene miedo a que alguien lo deje se vuelve en violento. El que tiene miedo a morir busca la inmortalidad.

Centrémonos en la otra cara, ¿por qué tengo miedo a perder mi dinero? Puede ser que me identifique, porque creo que es lo que yo soy, porque sin él tal vez la gente no me quiera. ¿Por qué tengo miedo de que alguien me deje? Porque todos me dejan. Porque la gente no me va a amar. ¿Por qué tengo miedo a morir? Porque siento que me falta por vivir.

Si se dan cuenta cada respuesta llega dentro de ello un cambio ser mejores. Es la mejor forma de saber que debemos cambiar. Simplemente, el miedo es un gran maestro y el mundo sería mejor si usáramos la otra cara del miedo. Ese miedo que sientes al estar en una montaña rusa, el miedo que sientes al caminar en el pasillo de una iglesia al casarte, el miedo que te dije: Todo va a cambiar, pero para mejor.

Así que la próxima vez que tengas miedo, prepara un café y siéntate con él, que existen pocos maestros tan pacientes en la vida.

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